HISTORIA
Detrás de este café está Huver Castillo, caficultor de tercera generación en Nariño. Aunque el café ha estado siempre en su familia, hasta 2015 Huver se dedicaba a otra cosa: era profesor de matemáticas. Ese año decidió cambiar de rumbo y meterse de lleno en las fincas de la familia. Y, curiosamente, algo de aquella etapa se ha quedado con él: medir, apuntar, probar y repetir hasta entender qué está pasando. Una forma de trabajar que aquí viene especialmente bien.
La finca se llama El Paseo y está cerca de Buesaco, en la ruta de Suma Paz. La familia Castillo lleva más de veinte años trabajando estas tierras y, en total, tiene tres fincas. El café crece entre los 1.750 y los 1.950 metros, sobre suelos volcánicos y bajo sombra nativa: entre los árboles que ya estaban allí, en vez de a pleno sol.
Esa sombra cambia bastante las cosas. El fruto madura más despacio y hay que volver a la finca varias veces para recoger solo las cerezas que están en su punto. Es más trabajo, claro, y también significa sacar menos kilos por hectárea. Pero es parte de lo que permite que un lote así llegue a la taza como tiene que llegar.
Buesaco es uno de los municipios cafeteros de referencia de Nariño. Es una zona de laderas muy inclinadas, fincas pequeñas y familias que llevan generaciones trabajando las mismas parcelas. Aquí casi todo se hace a mano, en buena parte porque el terreno no da muchas más opciones. No es una zona de grandes haciendas ni de maquinaria: es una zona de hacer las cosas con calma y mucho detalle.
Nariño, además, es uno de esos lugares que hacen que el café colombiano sea tan interesante. Está en el suroeste del país, junto a Ecuador y muy cerca del ecuador, y permite cultivar café a alturas donde, en otros lugares, sería mucho más difícil. Los días pueden ser cálidos y las noches bastante frías, así que el fruto madura despacio y va concentrando todo lo que queremos encontrar en la taza.
También es una región menos transitada que el Eje Cafetero o el Huila, con menos volumen y una logística bastante más complicada. Por eso, fuera de Colombia, los lotes de Nariño aparecen con cuentagotas.
Un geisha de Nariño no es algo que nos encontremos todos los días: es una variedad exigente, poco extendida en Colombia y que necesita bastante atención para dar todo lo que puede. Encontrarla en manos de un productor como Huver, trabajando un lote pequeño con este nivel de cuidado, es sin lugar a dudas algo especial.